CASILDO
Casildo también ha dejado atrás los setenta hace tiempo, a la vista parece tener la edad que tiene. La cara arrugada y cetrina y las manos callosas hablan de una vida de trabajo al sol. La inercia le hace seguir trabajando, si bien ahora le ayuda a conservar una salud de hierro y la mente despejada.
Le recuerdo siempre en las peñas, a la vera del santo, entre las cuatro parras que allí tiene, recogiendo las uvas para el vino del país que luego vendía y bebía con orgullo. Allí me dijo que cuando el mosto está fermentando lo suyo es echarle un hueso de jamón, para que tome cuerpo.
A Casildo le gustan los niños, ver su mirada curiosa y sorprendida:
- A ver, tú que eres tan listo, ¿si Madrid empieza con M, termina con qué?
- ¡Con D!
- Otra vez, ¿si Madrid empieza con M, termina con qué?
- Mmm, ¿con D?
- ¿Estás seguro? Si Madrid empieza con M, termina... ¡con T!
Pero lo que más le gusta en el mundo es el agua. Antes los mejores charcos del río estaban detrás de la Peña Alcaraz, ahora todo está inundado por el pantano y sus consecuencias.
Aún así él sigue yendo a nadar al pantano: ’La gente no sabe que esta es la mejor agua del pueblo, ahora van to el mundo a las piscinas, pero yo vengo aquí to los días’ -nos dice mirando el horizonte, tal vez resignado.
Con pasos cortos se acerca a la orilla y comienza el ritual lentamente. Se quita los zapatos, se desabrocha la correa y se quita los pantalones. Sin ninguna prisa, como si el tiempo no existiera, se pone el bañador y se desabrocha la camisa. Con andar casi cansado se detiene justo en la orilla, se detiene el tiempo. De repente, con brío juvenil, da un salto de cabeza y se zambulle en el agua fresca, nadando pantano arriba. De cuando en cuando se detiene para descansar haciendo el muerto, dejando fuera del agua apenas la nariz y la barriga. Casi le perdemos de vista.
Media hora más tarde vuelve como si tal cosa, rejuvenecido. Al salir me pregunta dónde estoy ahora, qué hago. Al momento se dibuja una sonrisa pícara en su cara y nos dice:
-¿Si os ato a dos sois capaces de soltaros?
- ¡Venga! Pero ¿con qué?
- Cojo un par de juncos de esos y os ato, a ver si sois capaces. A mi me ataron con otro en Francia, los carabineros, y cuando volvieron a por nosotros ya estábamos cada uno corriendo por los montes aquellos.
Vuelve con un par de juncos de dos metros de largo, los coge de la punta con dos dedos y los aplasta todo lo largo que son para hacerlos más manejables. Nos ata las muñecas a cada uno con uno y los cruza:
- Ahora soltaros.
Después de diez minutos de acrobacias, risas y un poco de vergüenza por no ser capaces vuelve a la carga:
- Yo me tengo que ir, si queréis os dejo ahí to el día.
A los veinte minutos, ya rendidos por la risa, las zirigoncias intentando soltarnos (algo como jugar al Twister pero con las manos atadas a tu compañero) y el bochorno se acerca sin decir palabra, coge una de las sogas la pasa entre la muñeca, tira y estamos libres.
Se da la vuelta y se aleja dejándonos con dos palmos de narices.



