EL REGRESO o La Ambigüedad

Cada vez me cuesta más dejar los imprescindibles beneficios que con disfraz de cordero y voracidad lobuna nos exigen los machacas de turno por asistir al estéril espectáculo que de manera habitual se proyecta en los multicines. Mi, en ocasiones desaforada, defensa del amigo americano y su inmersión cultural no está reñida con la infinidad de atractivas propuestas que gracias a la impagable Comunidad Virtual hoy están al alcance de un clic. Jorge recomendaba a través de Filmaffinity El Regreso y a mí me llamó la atención.
Para mí, que todavía no he pasado por Tarkovski, lo más destacable de El Regreso no está en su maravillosa fotografía, o en sus impactantes paisajes, o en la armoniosa alternancia entre la inmisericorde lluvia y la deseperanzada claridad.
Lo que me ha cautivado de esta película es la traducción a un lenguaje visual moderno -por tanto atractivo- de un guión en el que apenas hay diálogo y que se basa en las miradas y silencios de los protagonistas más que en sus palabras. En sus emociones más que en sus acciones.
Andrei e Ivan son dos hermanos adolescentes a los que la repentina vuelta -después de 12 años de ausencia- de su padre les obligará a madurar, esto es, a enfrentarse al miedo y a la incertidumbre. El padre aparece de la nada, vuelve como se fue: sin razón ni explicación y los lleva a no se sabe dónde y no se sabe por qué. La trama se desarrolla durante una semana en la que los días pasan por las hojas del diario que ambos hermanos se obligan a compartir. A medida que la historia avanza los personajes se vuelven más ambigüos, nunca está claro si ese padre autoritario y enigmático, frío y distante, cruel en definitiva lo es porque no entiende la relación padre-hijo de otra manera y en el fondo puede ser el amor el que lo mueva;
nunca está claro si el hijo menor (Ivan Dobronravov) -sencillamente perfecto, no puedo imaginar una interpretación diferente- ama u odia a su padre, admira su fuerza y decisión o desprecia su arrogancia y soberbia; nunca está claro si el hijo mayor Andrei (Vladimir Garin) -una biografía que deja la piel de gallina- se limita a seguir las poderosas corrientes de la imposición psicológica: sus amigos cuando insultan y denigran a su hermano, su padre con las formas comunistas, soviéticas.
Sin duda esta ambigüedad es lo que mantiene la película abierta e interesante y evita que caiga en la pesadez existencialista e infumable de tantas otras. Ambigüedad y sencillez extraídas en cada fotograma. La sobriedad, mejor aún austeridad, de paisajes y decorados siempre abiertos y grises contrasta con la expresividad emocional de los personajes que oprime y oscurece la película. Una lectura política nos llevaría a ver en los hermanos al propio pueblo ruso, alegre y obediente pero no por eso menos orgulloso y autosuficiente, y en el padre al Partido, siempre autoritario, siempre cruel, siempre apunto de redimirse, nunca dando el paso para hacerlo.
A destacar, por último, la secuencia final que sirve como reflexión sobre el poder de los recuerdos inducidos. Las fotografías tomadas durante el viaje rezuman nostalgia -y por tanto cierta felicidad- y bien podrían ser de un idílico viaje famliar.





