LA MONEDA DE DON JUAN

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Contemplé, absorto, como el último cabello que dejó en mi cuarto de baño se colaba imparable por la rejilla del lavabo. Perdía la cuenta de los días juntos con facilidad y nunca me acordaba del día que la conocí. Sin embargo, he llevado la cuenta de su ausencia escrupulosamente, con el rigor del presidiario que rasga las paredes de su celda, como el almanaque marcado del aprensivo. Estaba afeitándome por ahí de las siete, una mueca en la esquina de los labios dibujaba una cara complacidamente estúpida en el espejo. No has sido consecuente con el pasado. Vive en ti el fantasma del olvido. No tienes fe, tal vez, tampoco esperanza. 

Pero un pie sigue al otro; intenté retener el cabello, intenté que no se fuera, no perder la última materia de su presencia, aunque estuviera muerta, aunque fuese inerme, sólo, para tocar algo que le pertenecía a ella, que fue de ella, que fue parte de ella. Cuando me di cuenta estaba en la calle camino del trabajo. La mañana estaba fríamente soleada y las calles mojadas delataban  a la  noche lluviosa. Entonces pensé en Don Juan, nadie lo conoce, todos se mienten cuando piensan en él; su preparación le condujo a la fe, su fe a la inteligencia, y su inteligencia a plantar cara a Dios burlándose del Diablo. El hombre lleva desde la Creación intentando discernir entre el Bien y el Mal, sin conseguirlo fehacientemente. Cara o Cruz. Empero, Don Juan existe por la mentira del éxtasis de la carne consumada –o el amor- y la más dañina farsa del pecado –o el deseo-. En estas estaba mientras atravesaba mi Jardin de Estrella; de pronto, vestido de negro riguroso, se apareció ante mí. De una elegante brazada descubrió su cuerpo de la capa que le cubría y  con una reverencia de sombrero rozando con las plumas el suelo se presentó cortésmente:  

- ¡Buen día, Señor! Soy Don Juan, de la estirpe de los Tenorios, familia noble de Sevilla. Sé que me conoce aunque sea de leídas. Le pido disculpas por lo súbito de la aparición y en resumidas cuentas por la insolencia de mi atropello, pero me urgía encontrarme con su merced. 

Sus ropajes y su lenguaje anticuado me dejaron inmovilizado y con cara de tonto. Me restregué los ojos y enmudecí como la estatua de la fuente. 

- Entiendo su sorpresa, mas no se soliviante por lo extraño de la escena, mi criado, que usted de más conocerá, Leporello, pasará a buscarlo caída la tarde en mi coche particular si el hecho no le supone ningún cambio de planes extraordinario o desventajoso. Se trata de un asunto de damas y almas, de ángeles y demonios, y Dios quiera que no acabe en asunto de armas y sangre.  Nos encontraremos el café de Martinho d’Arcada. Pero no le interrumpo más, siga su camino y aguarde en su casa a mi lacayo; interpreto su silencio como aquiescencia. Permiso y hasta esta tarde. 

Se cubrió de nuevo, dio la media vuelta con destreza  haciendo volar su larga capa negra y, sin mirar atrás, con la mano izquierda apoyada en el florete, acertó con una voz limpia y potente, de caballero locuaz:

-         No se olvide de traer la moneda de plata, ella decidirá. 

Entonces empecé a recordar. El día que Don Juan, hijo de Don Pedro Tenorio, tuvo que elegir entre la virtud de Dios y las ventajas de Satán, lanzó una moneda al aire y, voilà, la moneda cayó al suelo y se quedó de canto.

Martes, 06 de Marzo de 2007 09:10 Autor: Juan R. Gracia. #. Tema: Colaboraciones.

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Autor: Luis Amezaga

En el filo de la navaja se mueve don Juan el aparecido ;)

Fecha: 06/03/2007 11:50.


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