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El fiel a Buda evita meticulosamente matar una mosca o una hormiga, aunque esté siendo mordido por ellas, y el jainismo prohíbe comer de noche para evitar la presencia inadvertida en el alimento de algún insecta, que luego moriría por la masticación o los jugos digestivos. Este vegetarianismo puede ser admirable en algún sentido, pero no extiende su acritud a los códigos penales, ni a las condiciones de exclavitud fáctica impuestas a nueve de cada diez individuos por otras leyes y costumbres. El paradigma de la no-violencia que representa el brahmanismo, por ejemplo, no considera belicoso exigir de la cuarta casta que antes de cruzar una calle cada miembro agite cierta campanilla y diga <<¡Brahmanes circundantes, sed precavidos, va a pasar un canalla, un mísero intocable, va a cruzar basura!>> El paradigma del pacifismo que representa Buda para los teravadistas no considera belicoso condenar a muerte o a prisión a quienes declaren haber conocido Nirvana en vida. La proverbial mansedumbre Thai no entiende contradictorio tratar al inmigrante ilegal peor que a una mosca o a una hormiga, ni retransmitir por televisión la ejecución de narcos y simples correos.
Como en Asia no se entiende por violencia lo mismo que en Europa, al europeo le cuesta mucho entender al asiático. No me extrañaría que esto se vinculase con su adhesión a la magia, tan unida al desprecio por la higiene. Dionisio Cartujano -un coetáneo de Tomás de Aquino que fue el asceta más venerado del sigol XIII- perfería comer sobras a alimentos frescos, prorrumpía en chillidos cuando se le acercaba una mujer hermosa y se esforzaba por dormir de pie. Más llamativo aún, nunca se lavaba para no oler mal o quitarse la roña de encima, aunque caminase miles de kilómetros buscando fuentes y arroyos milagrosos. Siendo agua lustral, purificadora, ningún precio está demasiado alto; si era simple agua las abluciones resultaban cosa frívola, proclive a la desnudez y a una relajación en el talante. Los fakires, yoguis y santones de Asia empezaron con prácticas análogas mucho antes que Dionisio Cartujano y han seguido practicándola sin concitar burla o lástima. Pero lo destacable no es tanto esta diferencia como el concepto de pureza, que en un caso odia la higiene y en el otro la ama. El agua del Ganges, pongamos por caso mirada desde la fe limpia y mirada desde el microscopio ensucia hasta el extremo de enfermar. Lo mismo indios que tailandeses peregrinan a lugares donde los baños purifiquen ajenos por completo a qu dichos pilones, estanques y ríos contengan algo no cargado de pedredumbre. Para ellos la inmundicia es otra cosa, lo cual explica que se laven hasta los dientes con ayuda de fluidos pestíferos. Tampoco la peste fue el Yersinia Pestis hasta que Yersin tuvo la paciencia de mirar largamente por el microscopio.
Este desacuerdo en cuanto a la pureza nos divide hoy de manera grave, sugiriendo que su religión/política -no otra cosa- les priva de ese prodigioso elemento en forma de líquido transparente y potable, tan esencial para nuestra vida. El santón que quiere destilar sus emociones y el fontanero que quiere destilar el agua albergan afanes totalmente compatibles en principio ¿Cómo entonces sirve lo uno de coartada para ignorar lo otro? ¿Qué tipo de pacto secreto hay entre magia y mugre? ¿será premiar la pereza? También podría intervenir un afán de castidad que funde odio a la carne, a la bebida alcohólica y a la cópula por gusto. Un solomillo de vaca, unas cervezas y un magreo a fondo con alguna vecina o foránea son igualmente impuros. Una lechuga con gusanos, un agua pútrida y una compraventa conyugal son igualmente puros. Nuestro cambio no ha sido cosa de un día, donde nos despertamos higiénicos en vez de puristas, sino más bien el efecto de ir generando microcosmos o individuos, cuando otros defendían una identidad sólo grupal.
Antonio Escohotado, Sesenta Semanas en el Trópico
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Autor: Luis Amezaga
Fecha: 27/02/2007 11:01.




