
La comunicación no es en absoluto tan sencilla. Ahora me parece que idear técnicas apropiadas, en primer lugar, y ser capaz, en segundo lugar, de implantarlas limpiamente en otros, sería una cuestión de años, y es probable que ahora no lo intente nada, o muy poco, y aún así muy torturado y diluido. Me doy cuenta de que, con tan complicadas explicaciones, me expongo seriamente, y tal vez irreparablemente , a oscurecer lo que ya sería bastante difícil de presentar con su claridad e intensidad apropiadas; y lo que me parece lo más importante de todo: que estas personas sobre las cuales voy a escribir son seres humanos, que viven en este mundo y son inocentes de retorcimientos como los que ahora giran sobre sus cabezas; y que convivieron con ellos y fueron espiados, reverenciados y amados, por otros seres humanos monstruosamente extraños, empleados por otros todavía más extraños; y que ahora son examinados por otros que han cogido su vida tan casualmente como si fuera un libro, incitados a esta lectura por diversos reflejos posibles de simpatía, curiosidad, ocio, etcétera, y casi seguramente con una falta de consciencia, y de conciencia, remotamente apropiadas para la enormidad de lo que están haciendo.
Si pudiera, no escribiría nada aquí. Serían fotografías; el resto serían fragmentos de ropa, trozos de algodón, puñados de tierra, frases aisladas, pedazos de madera y hierro, frascos de olores, platos de comida y excremento.
Pero, tal como están las cosas, haré lo poco que pueda escribiendo. Sólo que será muy poco. No soy capaz de hacerlo; y si lo fuera, ustedes ni se acercarían a ello. Porque, de acercarse, apenas soportarían seguir viviendo.
Preámbulo de Elogiemos ahora a Hombres famosos; James Agee y Walker Evans (1941)




