¿LA SEDUCCIÓN?

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Ahora estaba en Cnossos, esperando con disimulada impaciencia en un
bosquecillo. Zeus, que apareció sin disfraz, expuso su amor pomposamente.
Para ser exactos, le ofreció el puesto de reina entre los dioses, con
todas las glorias aparejadas a tal cosa. Eso quería Hera, sin duda, y no
en vano había acudido días antes a Afrodita para obtener la prenda mágica
que cubría sus senos. Pero dijo que ni la forma ni el lugar le parecían
adecuados: se opuso a seguir hablando siquiera en aquel solitario paraje,
sin testigos para las promesas ni protección ante la virilidad imperiosa
de su hermano.

Esa declaración pareció desconcertar al pretendiente. Con el rostro
escondido entre las manos -quizá para no verse delatada por la risa-, Hera
pensaba que Zeus era tan manejable como cualquier otro varón. Sin embargo,
él se había convertido ya en un gran Pavo real, adornado por el abanico de
su cola multicolor, y la metamorfosis prometía un abordaje más directo que
ocurrió al situarse tras ella. Retranformándose en un abrir y cerrar de
ojos, Hera notó que un brazo la ceñía por el pecho y otro por el vientre,
mientras el cuerpo tembloroso del dios se pegaba al suyo. La escena pedía
algún forcejeo, algún intento de huída o cuando menos una reconvención. Y
efectivamente lucharon durante un momento, el imprescindible para que ella
sintiese la enormidad de su fuerza. Cabía entonces ceder simplemente,
fingiendo quizá un casto desmayo. Pero Hera no estaba dispuesta a ser como
las otras. Se quedó mirando con desprecio, hierática, mientras él tocaba
la carne ofrecida a sus manos como el músico se prende de un instrumento
perfecto. Por más que tocase, la redonda suavidad era frío mármol; en el
cuerpo no resonaba eco alguno de placer. Priápico, jadeante, acabó
levantando los ojos hacia los suyos, donde una mezcla de odio y burla heló
sus ímpetus de ingenuo violador.

No tan ingenuo, con todo. Dando rienda suelta a la indignación, Zeus
pretextó irse para siempre y desapareció de su vista, pero al instante
siguiente estaba allí con el disfraz que le pareció más oportuno para
ablandar ese duro ánimo: llamando la atención de Hera como un pájaro Cuco
presa de un fangal.
Al ver esa vida indefensa, la disposición de Hera mudó del rencor a
una viva ternura. Tomó cuidadosamente al animal del suelo y comenzó a
arrullarlo con palabras de estímulo. Primero lo puso junto a su mejilla,
inclinando la cabeza hacia un lado, de manera que el cuco pudiera sentirse
como en un nido entre el pelo sedoso y abundante, mientras Hera tocaba con
el rostro las suaves plumas de su pecho. Luego, el notar que se movía
inquieto, lo puso entre sus senos impecables, y los leves picotazos del
ave allí le erizaron la piel, al tiempo que despertaba cascadas de risa
cantarina. Por último, cuando sintió deseos de peinarse, lo colocó en la
intersección de sus muslos, inocentemente segura de que allí no caería al
suelo.

Según parece, Hera recuerda mal los recuerdos inmediatos. Ayudado por
la abierta clámide cretense, el cuco tomó posesión de esa zona. La diosa
cerró los ojos, presa de sensaciones que se expandían por su cuerpo en
círculos, como un guijarro conmueve el quieto paisaje reflejado en un
estanque. Al volver a abrirlos, sobrepasada por la dulzura de la
sensación, vio que Zeus estaba inclinado sobre ella gozando los dones de
Afrodita y Eros.

Tan fogoso fue su abrazo que duró trecientos años, en completo
secreto, durante los cuales quedaría suspendido todo cambio en el mundo.

Rameras y Esposas, Antonio Escohotado

Lunes, 31 de Octubre de 2005 12:46 #. Tema: Libros.

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Autor: ja

Eso sí que es felicidad...jejejeje

Fecha: 31/10/2005 13:16.


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Autor: Sosa

¿quien es el pintor de cuadro? siempre se pone.

Fecha: 15/08/2006 19:31.


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