UNA PARTIDA DE AJEDREZ y ( XI )

AlfilNariz.gif»Ahora usted comprenderá acaso por qué razón me comporté ante sus amigos tan incorrecta y acaso hasta incomprensiblemente. Fue mera casualidad que atravesara el salón de fumar cuando sus amigos estaban entretenidos jugando al ajedrez; al verlos, me sentí instintivamente paralizado de sorpresa y terror. Pues debe usted saber que había olvidado por entero que se puede jugar al ajedrez con un tablero real y con piezas verdaderas; había olvidado que en ese juego dos personas absolutamente distintas se hallan sentadas. excitadas, una frente a la otra. Necesité, cabalmente, varios minutos para darme cuenta de que aquellos jugadores hacían, en el fondo, lo mismo que en mi desamparo había tratado durante meses de hacer contra mí mismo. Los signos de los cuales me había servido durante mis furiosos ejercicios, sólo eran un sustituto de aquellas piezas de hueso. La sorpresa que experimenté al comprobar que esa manera de mover las piezas sobre el tablero era la misma que mi actividad imaginaría en el espacio especulativo, se parecía posiblemente a la de un astrónomo que calculara con los métodos más complicados, sobre el papel, la existencia de un planeta nuevo, y luego lo viera efectivamente en el cielo como estrella blanca, clara, sustancial. Me quedé como atraído por un imán, mirando fijamente el tablero, y allí vi mis esquemas, los alfiles, peones, reyes y torres, convertidos en figuras tangibles talladas en hueso. Para abarcar la partida con la vista, hube de transferirla involuntariamente de mi mundo abstracto de cifras al de las figuras movibles. Poco a poco me venció la curiosidad y quise observar ese juego real entre dos contrincantes. Entonces ocurrió ese molesto desliz mío, el que, olvidándome de la más elemental cortesía, interviniese en su partida. Pero aquel movimiento equivocado del amigo suyo me hirió como una puñalada en el corazón. Le retuve en un acto puramente instintivo, un movimiento impulsivo comparable al que se efectúa cuando sin pensarlo se agarra a un niño que se inclina sobre una balaustrada. Sólo más tarde me di cuenta de la zafia falta de tacto que había cometido al entremeterme en el juego.»



Me faltó tiempo para asegurarle al doctor B. que todos estábamos encantados de deber a esa casualidad el gusto de conocerle, y que, después de todo lo que acababa de confesarme, me resultaría doblemente interesante poder verle jugar al día siguiente en el improvisado torneo. El doctor B. hizo un gesto revelador de cierta inquietud.

—No, no espere usted demasiadas cosas. No debe ser para mí más que un ensayo..., una prueba..., para cerciorarme si en realidad soy capaz de jugar una partida de ajedrez normal, una partida sobre un tablero real con piezas tangibles y un contrincante viviente..., porque ahora se acrecienta cada vez más la duda de si aquellas partidas, aquellas centenares y acaso millares de partidas que había jugado, eran en verdad auténticas partidas de ajedrez o si sólo eran una suerte de ajedrez de sueños, juegos de la fiebre, un ajedrez febril en que, como en los sueños, saltaba peldaños intermedios. Supongo que usted no espera en serio de mí que pretenda establecer superioridades con un campeón y, por añadidura, nada menos que con el actual campeón mundial. Lo que me interesa e intriga es nada más que la curiosidad, el deseo de comprobar si lo que hacía en mi encierro eran todavía juegos de ajedrez o si ya era locura, si entonces me encontraba a un paso del escollo peligroso o si ya estaba más allá del mismo ... ; eso únicamente, nada más que eso.

En ese momento se oyó en un extremo del barco el gong que convocaba a la cena. Debimos haber estado charlando casi dos horas. Lo que aquí reproduzco es sólo un resumen de lo que me contó el doctor B., quien abundó en pormenores mucho más explícitos. Le manifesté mi cordial agradecimiento y me despedí. Pero aún no había recorrido toda la cubierta, cuando siguiéndome a grandes pasos me alcanzó para agregar todavía, visiblemente nervioso y hasta tartamudeando un poco:

—¡Otra cosa! Haga usted el favor de decir a los señores, de antemano, para que luego no parezca descortés, que jugaré una sola partida... Quiero que no sea más que el punto y raya final de una cuenta vieja..., un definitivo remate y no un recomenzar... No quisiera sucumbir por segunda vez a esa apasionada fiebre de juego que me espanta al sólo recordarla..., y, además..., el médico me previno aquella vez..., me advirtió expresamente... Todo el que alguna vez ha sufrido una manía se halla en peligro constante... y el que ha sufrido una intoxicación ajedrecística..., aunque luego se haya curado..., hará mejor en no acercarse a ningún tablero... Usted comprende, ¿verdad?... Una sola partida que me sirva de ensayo a mí mismo y nada más.



Al día siguiente, puntualmente a la hora convenida, las tres, nos encontrábamos todos reunidos en el salón de fumar. Todavía se habían agregado a nuestro grupo otros dos aficionados al juego de los reyes, dos oficiales de a bordo que habían solicitado licencia expresamente para poder asistir, en calidad de espectadores, a aquel encuentro. Ni siquiera Czentovic se hizo esperar, como el día anterior, y después de la obligada elección de los colores, empezó la memorable partida de aquel homo obscurissimus contra el célebre campeón mundial. Lamento que haya sido jugada para espectadores absolutamente incompetentes y que su desarrollo se haya perdido para los anales del arte del ajedrez, del mismo modo que para el arte de la música están perdidas las improvisaciones al piano de un Beethoven. Es cierto que entre todos tratamos de reconstruir de memoria esa partida en los días siguientes, pero fue en vano; se me ocurre que durante ella debemos haber concentrado nuestra atención con demasiado apasionamiento e interés, en los jugadores, en vez de fijarla en el mismo juego. Y eso sucedía porque el manifiesto contraste intelectual en las actitudes de ambos contrincantes, adquiría durante la partida cada vez mayor plasticidad corporal. Czentovic, el rutinario, permaneció durante todo el tiempo inmóvil como una piedra; con los ojos severa y fijamente clavados en el tablero; la reflexión parecía constituir para él un esfuerzo casi físico, que obligaba a todos sus órganos a la máxima concentración. El doctor B., en cambio, se movía con toda flexibilidad y soltura. Como verdadero aficionado, que juega sólo por el deleite inherente al juego mismo, no se esforzó; su cuerpo quedaba en distensión; nos hablaba durante las pausas para darnos explicaciones; encendía con mano fácil un cigarrillo y sólo miraba el tablero, por espacio de un minuto, cuando le tocaba el turno de mover una pieza. Siempre daba la impresión de haber estado esperando de antemano la jugada de su contrario.

Los tradicionales movimientos de apertura se sucedían con bastante rapidez. Sólo después de la séptima u octava jugada, se tuvo la impresión de que se desarrollaba sobre el tablero algo así como un plan determinado. Czentovic se tomaba más tiempo para reflexionar; esto nos daba la pauta de que se iniciaba la verdadera lucha por la superioridad. Mas, en honor de la verdad, hay que decir que el planteo paulatino de la situación, como toda partida de verdadero torneo, significaba para nosotros, por legos, una desilusión. Porque cuanto más se entremezclaban las piezas, formando un raro dibujo, tanto más impenetrable nos resultaba la verdadera situación. No llegábamos a barruntar las intenciones de ninguno de los contrincantes; ni sabíamos apreciar tampoco cuál de los dos había alcanzado una ventaja. Sólo vimos determinadas piezas avanzar a modo de palancas con el propósito de separar el frente enemigo, pero —dado que esos jugadores tan versados siempre combinaban con anticipación varias jugadas— no lográbamos captar el objetivo estratégico de aquel ir y venir. A ello se agregaba, paulatinamente, un cansancio que paralizaba nuestra atención y que era debido sobre todo a los interminables intervalos de reflexión de Czentovic, los que también empezaban a irritar visiblemente a nuestro amigo. Observé azorado que cuanto más se prolongaba la partida, más inquieto se movía en su asiento; ora encendiendo un cigarrillo con la colilla del otro, ora tomando un lápiz para anotar algo. Luego pidió agua mineral, que bebió ávidamente, vaso tras vaso. Era evidente que combinaba con una rapidez cien veces mayor que Czentovic. Cada vez que éste se decidía, al cabo de larga reflexión, a mover una pieza con su mano pesada, nuestro amigo sólo sonreía, como quien ve que se cumple algo que había estado esperando desde mucho antes, y respondía casi instantáneamente. Su inteligencia viva y pronta debe haberle permitido calcular mentalmente con anticipación todas las posibilidades de que disponía su adversario; cuanto más tardaban las decisiones de Czentovic, tanto más aumentaba por esa misma razón su impaciencia, y en sus labios apretados se dibujaba, durante la larga espera, un gesto molesto, casi hostil. Pero Czentovic no mostraba el menor apresuramiento. Pensaba, mudo y terco, e intercalaba pausas cada vez más prolongadas, a medida que las piezas desaparecían del tablero. Cuando se hizo la cuadragesimasegunda jugada —y para entonces ya habían transcurrido dos horas y tres cuartos—, todos estábamos sentados, con fatiga y casi sin interés, en torno a la mesa de juego. Uno de los oficiales de a bordo ya se había retirado; otro de los espectadores se había procurado un libro y lo leía, levantando la vista nada más que por un instante cada vez que se producía un cambio en el tablero. Al hacer entonces Czentovic una jugada, ocurrió lo inesperado. Tan pronto como el doctor B. observó que su contrario tocaba el alfil para adelantarlo, se encogió como un gato que se dispone a dar un salto. Todo su cuerpo temblaba, y no bien Czentovic hubo movido el alfil, dijo triunfante y en alta voz:

—¡Muy bien! ¡Ya está listo!

Al instante se reclinó, cruzó los brazos sobre el pecho y miró a Czentovic con expresión de desafío. En sus pupilas hablase encendido una luz brillante.

Todos nos inclinamos instintivamente sobre el tablero, para comprender el movimiento tan triunfalmente anunciado. A primera vista, no podía reconocerse ninguna amenaza directa. La expresión de nuestro amigo debía referirse, pues, a un desarrollo ulterior que, como aficionados de cortos alcances aún no sabíamos calcular. Czentovic era el único entre todos nosotros que no se había movido ante aquel anuncio provocativo; se quedó impasible, como si no hubiese llegado a oír el injuriante "listo". Nada sucedió. Como todos conteníamos sin querer la respiración, se oía de repente el tictac del reloj que había sido colocado sobre la mesa para medir el tiempo de cada jugada. Pasaron tres minutos, siete minutos, ocho, y Czentovic seguía sin moverse. Pero yo tenía la idea de que el esfuerzo mental achataba más aun su gruesa nariz. La muda espera le parecía a nuestro amigo tan insoportable como a nosotros mismos. Se levantó de pronto, comenzó a pasearse por el salón, con lentitud primero y luego cada vez más rápidamente. Todos le miramos un tanto asombrados, pero nadie con más azoramiento que yo, porque llamó mi atención el que a pesar de toda la violencia, sus pasos, en ese ir y venir nervioso, medían siempre el mismo espacio. Era como si en medio del vasto salón hubiese chocado contra una barrera invisible que le obligaba a volver. Y espantado reconocí que su caminata reproducía inconscientemente la medida de su encierro de otro tiempo; exactamente así debía haber ocurrido arriba y abajo en los meses de su reclusión, como un animal enjaulado, con los puños cerrados como en aquellos instantes, convulso, con los hombros encogidos; así y sólo así debía haber caminado mil veces, con las luces rojas de la demencia en la mirada fija y no obstante febril. Sin embargo, su capacidad parecía mantenerse perfectamente intacta, porque de cuando en cuando se dirigía impaciente a la mesa para averiguar si, entretanto, Czentovic ya había tomado una determinación. Pero pasaron nueve, diez minutos. Por fin ocurrió lo que ninguno de nosotros había esperado. Czentovic levantó lentamente la pesada mano que hasta entonces había quedado inmóvil sobre la mesa. Todos le mirábamos atentos a la espera de su decisión. Pero Czentovic no realizó ninguna jugada, sino que limpió el tablero de piezas, con ademán resuelto aunque pausado. Sólo entonces comprendimos: Czentovic había abandonado la partida. Había capitulado para no exponerse a un jaque mate visible, en presencia de todos nosotros. Había ocurrido lo inverosímil: el campeón mundial, ganador de infinidad de torneos, se declaraba tácitamente vencido por un desconocido, un hombre que en veinte o veinticinco años no había tocado una pieza de ajedrez. Nuestro amigo, el hombre anónimo, ignorado, ¡había vencido en lucha abierta al jugador de ajedrez más competente del mundo!

Sin darnos cuenta, nos habíamos levantado uno después del otro, movidos por la excitación. Cada cual tenía la sensación de que nos correspondía decir o hacer algo para dar rienda suelta a nuestra gozosa sorpresa. El único que no perdió su aplomo ni su calma era Czentovic. Sólo al cabo de una pausa estudiada midió a nuestro amigo con una mirada dura:

—¿Otra partida? —preguntó.

—Desde luego —contestó el doctor B. con un entusiasmo que me resultó desagradable; y antes de que pudiese recordarle su propósito de no jugar más que una sola partida, volvió a sentarse y a ordenar de nuevo las piezas con un apresuramiento febril. Tan aturdido las colocó que por dos veces se le deslizó un peón de entre los dedos, cayendo al suelo. A la vista de su excitación anormal, mi malestar del primer momento se transformó en una especie de temor. Porque, en efecto, una agitación visible se había adueñado de aquel hombre, hasta entonces tan tranquilo y sereno; su boca se contraía cada vez con mayor frecuencia, convulsivamente, y su cuerpo temblaba como sacudido por una fiebre repentina.

—¡No! —le dije en voz baja—. ¡Ahora no! Déjelo por hoy. Basta. Eso le cansa demasiado.

—¿Cansarme? ¡Vamos! —contestó riendo sonora y maliciosamente—. Hubiera podido jugar diecisiete partidas en el tiempo que necesitamos para esa partida vagabunda. Lo único que me cuesta un esfuerzo es no quedarme dormido a ese paso... ¡Bien! ¡Empiece de una buena vez!

Esas últimas palabras las dijo en tono brusco, casi vehemente, dirigiéndose a Czentovic. Este le miró tranquilo y aplomado, pero en su mirada pétrea ya había algo de un puño cerrado. De pronto se percibió un algo indefinible entre los dos contrarios: una tensión peligrosa, un odio apasionado. Ya no eran dos contrincantes que medían su capacidad en el juego, sino dos adversarios que se habían jurado aniquilarse mutuamente. Czentovic tardó mucho en abrir el juego, y tuve la clara sensación de que titubeaba deliberadamente. Táctico experto, se había dado cuenta, evidentemente, de que con su lentitud, más que con otra cosa cualquiera, cansaba e irritaba al contrario. Empleó pues, nada menos que cuatro minutos para hacer la primera jugada, la más simple, la más corriente, adelantando el peón de rey por las dos casillas habituales. Nuestro amigo replicó inmediatamente, moviendo el peón de rey en el mismo sentido; pero de nuevo Czentovic hizo una pausa larguísima, casi insoportable. Era como cuando cae un rayo poderoso y se espera, angustiado, con el corazón agitado, el trueno, y el trueno no acaba y no acaba de producirse. Reflexionaba muda, obstinadamente y, según yo notaba con certeza cada vez mayor, con maliciosa lentitud; lo que me dio harto tiempo para observar al doctor B. Este acababa de tomar de un trago un tercer vaso de agua, recordándome así sin querer cuanto me había dicho respecto a la sed de fiebre que padeciera en su encierro. Se revelaban nítidamente todos los síntomas de la excitación anormal; vi humedecerse su frente, y ponerse cada vez más roja y marcada la cicatriz de su mano. Pero aún se dominaba. Sólo cuando Czentovic volvió a tomarse infinito tiempo para la cuarta jugada, perdió la serenidad, gritándole de repente:

—¡Pero juegue ya de una buena vez!

Czentovic levantó fríamente la vista:

—Tengo entendido que hemos concertado un plazo de diez minutos por jugada. Es uno de mis principios no jugar en menos tiempo.

El doctor B. se mordió los labios; bajo la mesa, la suela de su zapato golpeaba cada vez más nerviosamente contra el piso, y mi excitación también aumentaba, pues presentía que iba a ocurrir algo desagradable. En efecto, al octavo movimiento, se produjo un incidente. El doctor B., cada vez menos dueño de sí mismo, no pudo ya reprimir su tensión, y moviéndose en la silla de un lado para el otro, comenzó, sin darse cuenta, a tamborilear con los dedos sobre la mesa.

De nuevo Czentovic levantó su pesada cabeza de aldeano.

—Le ruego quiera abstenerse de tamborilear. Me molesta. No puedo jugar así.

—¡Ja, ja! —rió el doctor B. secamente—. A la vista está.

Czentovic se puso colorado.

—¿Qué quiere usted decir con eso? —preguntó cortante y enojado.

El, doctor B. volvió a reír breve y maliciosamente.

—Nada. Que, a lo que parece, está usted nervioso.

Czentovic se calló y bajó la cabeza. Sólo al término de diez minutos efectuó el movimiento siguiente, y con ese ritmo letal prosiguió todo el juego. Acabó por aprovechar cada vez el máximo de tiempo convenido antes de proceder a una jugada, y el comportamiento de nuestro amigo se volvía más extraño de intervalo en intervalo. Daba la impresión de no interesarse ya por el partido, sino de pensar en cosas absolutamente distintas. Esta vez no corrió alocadamente arriba y abajo, que se quedó tranquilamente sentado, sin moverse de su lugar. Con la mirada fija y ausente en el vacío, murmuraba sin cesar palabras incomprensibles; o se perdía en infinitas combinaciones o elaboraba —eso era lo que íntimamente sospeché —partidas diferentes, porque cada vez que Czentovic se decidía finalmente a jugar había que volverle de su ausencia mental. Necesitaba entonces, cada vez, unos minutos para orientarse de nuevo sobre la situación en el tablero; así iba afianzándose en mí la sospecha de que el doctor B. se había olvidado hacía rato ya de Czentovic y de nosotros, hundiéndose en esa forma fría de la locura que podía de un momento a otro manifestarse en cualquier forma de violencia. Y, en efecto, la crisis se produjo al llegar la decimonovena jugada. Apenas Czentovic había movido su pieza, el doctor B. adelantó el alfil en tres escaques, sin mirar el tablero y gritó con tanta fuerza que todos nos sobresaltamos:

—¡Jaque! ¡Jaque al rey!

Inmediatamente miramos todos el tablero, curiosos por descubrir una jugada extraordinaria. Pero al cabo de un minuto sucedió lo que ninguno de nosotros había podido esperar. Czentovic alzó la cabeza lenta, muy lentamente y —cosa que nunca había hecho —nos miró a todos, uno por uno. Parecía gozar inconmensurablemente de algo, porque poco a poco se dibujó en sus labios una sonrisa de satisfacción y de evidente burla. Sólo después de haber saboreado hasta el extremo ese su triunfo, inexplicable todavía para nosotros, se dirigió con simulada cortesía a la concurrencia:

—Lo siento..., pero no veo ningún jaque. ¿Acaso uno de los señores ve un jaque a mi rey?

Volvimos a mirar el tablero y luego, preocupados, al doctor B. Un niño podía ver que el cuadro ocupado por el rey de Czentovic estaba, en efecto, protegido por un peón contra el alfil, de modo que no era posible dar jaque a ese rey. Nos azoramos. ¿Acaso nuestro amigo había llevado su pieza una casilla demasiado lejos o la había dejado demasiado cerca en su aturdimiento? Como nuestro silencio llamase la atención del doctor B., éste también miró el tablero y empezó a tartamudear con violencia:

—¡Pero si el rey debe estar en f7!... Está mal colocado..., completamente mal ¡Usted movió mal! Todo está fuera de su lugar... El peón debe estar sobre g5 y no sobre 4... Pero ¡si ésta es una partida completamente distinta! Esto es...

Se interrumpió de súbito. Yo le había asido con fuerza del brazo y hasta pellizcado, quizá, con tanto rigor, que hubo de sentirlo no obstante su febril confusión, pues se dio vuelta y me miró de hito en hito, como sonámbulo:

—¿Qué..., qué quiere usted?

No dije más que "remember", y pasé al mismo tiempo el dedo sobre la cicatriz de su mano. El doctor B. siguió involuntariamente ese gesto y pasó una mirada vidriosa sobre la marca encarnada. Luego empezó de pronto a temblar y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Empalidecieron sus labios y murmuró:

—¡Por el amor de Dios!... ¿Acabo de decir o de hacer un disparate?... ¿ Acaso volví a...?

—No —contesté en voz baja—. Pero debe interrumpir la partida en el acto, sin falta... ¡Recuerde lo que le dijo el médico!

El doctor B. se levantó como movido por un resorte.

—Perdone usted mi error tan torpe —dijo con su habitual voz y cortesía, inclinándose ante Czentovic—. Lo que acabo de decir es, naturalmente, un puro dislate. La partida es suya, desde luego.

En seguida, volviéndose a nosotros, agregó:

—También debo pedir perdón a los señores. Pero les advertí de antemano que no cifrasen grandes esperanzas en mí. Disculpen la plancha... Ha sido la última vez que pruebe suerte en el ajedrez.

Hizo una reverencia y se alejó del mismo modo, modesto y misterioso, con que había aparecido la primera vez. Sólo yo sabía por qué ese hombre nunca más volvería a tocar una pieza de ajedrez, en tanto que los demás se quedaban un poco perplejos, con la incierta sensación de haberse escapado a duras penas de un episodio ingrato y acaso peligroso.

—Damned fool —rezongó McConnor, desencantado.

El último en levantarse de su asiento fue Czentovic, quien paseó todavía una última mirada sobre la partida a medio terminar.

—Lástima —dijo magnánimamente—. El ataque no estaba mal dispuesto. Considerando que se trata de un aficionado, es justicia decir que ese caballero posee, en realidad, condiciones excepcionales.

Novela de Ajedrez, Stefan Zweig
Miércoles, 13 de Julio de 2005 12:29 #. Tema: Libros.

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