UNA PARTIDA DE AJEDREZ ( IX )

brutus.jpgEse estado, en verdad indescriptible, duró cuatro meses. Pues bien... Cuatro meses, eso se dice fácilmente, se escribe con once letras. Se dice fácilmente: cuatro meses.... cuatro sílabas. Los labios articulan ligeramente, en un cuarto de segundo, el sonido: ¡Cuatro meses! Pero nadie puede describir, puede medir, puede meter por los ojos a otro ni a sí mismo el tiempo que dura el tiempo en lo inespacial o intemporal; y a nadie puede explicársele cómo roe y carcome esa nada y nada y nada en torno a uno, esa inacabable soledad con mesa y cama y lavabo y papel pintado, ese eterno silencio... Siempre el mismo centinela que alcanza la comida sin mirarle a uno, siempre los mismos pensamientos que giran en la nada alrededor de un solo tópico hasta confundir al que los concibe. Advertí, alarmado, pequeños indicios de que mi cerebro empezaba a trastornarse. Al principio había conservado todavía durante los interrogatorios la claridad interior, había declarado serena y deliberadamente; funcionaba todavía aquel pensamiento doble en lo que debía decir y en lo que debía callar. Luego ya sólo lograba articular tartamudeando hasta las frases más sencillas, porque mientras respondía, miraba hipnotizado la pluma que corría protocolizando sobre el papel, como si hubiera querido correr detrás de mis propias palabras. Noté que mis fuerzas flaqueaban, comprendí que se aproximaba más y más el momento en que para salvarme diría todo cuanto sabía y quizá más aún, en que, para librarme del estrangulamiento de aquella nada, traicionaría a doce personas y su secreto, sin procurarme con ello más que una tranquilidad fugaz como un parpadeo. Cierta tarde, efectivamente, ya había llegado a ese punto. En ese momento de sofocación el guardián me trajo, por casualidad, la comida y yo le grité:

»¡Lléveme para ir a declarar! Diré todo. Todo lo diré. Diré dónde se hallan los papeles, dónde se encuentra el dinero. Lo diré todo, todo.

»Por fortuna, no me oyó. También puede ser que no haya querido oírme.

»Cuando la desesperación llegaba así a su colmo, ocurrió algo inesperado que me salvó siquiera por algún tiempo. Era a fines de julio; un día nublado, oscuro, lluvioso. Recuerdo esos pormenores exactamente, porque la lluvia tamborileaba contra las ventanas del pasillo por el que se me condujo al interrogatorio. Debía esperar en una antecámara. Siempre había que esperar antes de pasar a declarar. Esas esperas formaban parte de la técnica del interrogatorio. Primero se desgarraban los nervios del individuo, llamándole y sacándole en medio de la noche de su habitación; y cuando uno se había dispuesto interiormente para hacer frente a las preguntas, cuando ya se habían preparado la voluntad y la inteligencia para resistir, le obligaban a uno a esperar, le imponían hábilmente una espera sin sentido, de dos y tres horas, a fin de cansar el cuerpo y doblegar el alma antes de proceder a la inquisición. Ese jueves 27 de julio se me hizo esperar más de la cuenta, mucho más que de costumbre. Llevaba ya dos horas enteras de pie en la antecámara. Esa fecha también la recuerdo con exactitud por una razón determinada, pues en esa antecámara donde —por supuesto, sin permiso de sentarme —tenía que aguantar dos horas de pie, colgaba un calendario en la pared. No podré explicarle cómo con mi hambre de algo impreso, de algo escrito, miré y me fijé en ese número, en ese término "27 de julio"; lo absorbí, como quien dice, lo engullí cerebralmente.

»Y luego volví a esperar y aguardar, miraba fijamente la puerta, ansioso de que por fin se abriese, y al mismo tiempo me inquietaba pensando qué irían a preguntarme ahora mis inquisidores, aun cuando sabía perfectamente que me preguntarían cosas muy distintas de todo aquello que iba dispuesto y preparado a contestar. Pero a pesar de todo, aquel martirio de la espera y del permanecer de pie constituía a la vez un alivio, un placer, porque aquel lugar, con todo, era al menos distinto de mi habitación. Era un poco mayor, tenía dos ventanas en lugar de una sola; no había allí cama, ni lavabo, ni la rajadura en el alféizar que había contemplado millones de veces. La puerta estaba pintada de otro color, había una silla distinta junto a la pared, y a la izquierda un archivo con expedientes y un guardarropa con algunas perchas de las que colgaban tres o cuatro mojados abrigos de militares, los abrigos de mis verdugos. Tenía, pues, algo nuevo, algo diferente que contemplar, algo distinto, por fin, en que posar mis ojos hambrientos, que se clavaban ávidos en cada minucia. Observé cada pliegue de esas capas, me fijé, por ejemplo, en una gota que prendía de uno de los cuellos mojados y, por más ridículo que ello parezca, esperaba con una excitación inmensa para ver si esa gota terminaría por caer a lo largo del pliegue o si resistiría más tiempo todavía la fuerza de gravedad, permaneciendo en su lugar. Sí, me quedé mirando esa gota fijamente, durante algunos minutos y con la respiración contenida, como si mi vida dependiera de esa observación. Después, cuando finalmente se había deslizado, volví a contar los botones de los abrigos, ocho en el primero, ocho en el segundo, diez en el tercero. Luego comparé las guarniciones. Mis ojos hambrientos tocaban, acariciaban, apresaban todas esas pequeñeces ridículas y carentes en absoluto de importancia, con una avidez que soy incapaz de describir. De pronto, mi mirada quedó fija, como irresistiblemente atraída, en algo. Había observado que el bolsillo de uno de aquellos abrigos estaba un tanto abultado. Me acerqué más y creí adivinar en el rectángulo de la deformación lo que contenía aquel bolsillo ensanchado ¡un libro! Se me aflojaron las rodillas. Empecé a temblar. ¡Un libro! Durante cuatro meses no había tenido un libro en mis manos, y en aquella circunstancia tenía algo embriagador y a la vez casi hipnótico la mera idea de un libro en el cual se podían ver palabras puestas en ordenadas filas, líneas, páginas, un libro en el que se podía leer, cuyo texto podía seguirse, del que el cerebro podía tomar para su uso propio ideas nuevas y ajenas que distraían. Hechizados, mis ojos quedaron fijos en el pequeño abultamiento que aquel libro formaba en ese bolsillo, pareciendo arder en ese cuadrado insignificante como si fuesen a quemar el abrigo. Por último no pude dominar mi afán; sin darme cuenta, me acerqué. La sola idea de poder palpar un libro a través del paño del abrigo crispó los nervios de mis dedos hasta las uñas. Sin saberlo casi, me arrimé más y más. Afortunadamente, el centinela no prestó atención a mi actitud, por supuesto extraña; acaso también le parecía natural que después de dos horas de estar de pie, un hombre procurase apoyarse contra una pared. Ya me había colocado cerca del abrigo, cruzados los brazos intencionalmente sobre la espalda, a fin de poder tocar aquella prenda sin despertar sospechas. Toqué el género y, realmente, a través del mismo palpé un objeto rectangular, flexible, y que crujía suavemente... ¡un libro! ¡Un libro! Y me atravesó como un tiro la idea: ¡roba ese libro! Quizá lo consigas y entonces podrás llevártelo, esconderlo en tu habitación y ¡leerlo, leer, por fin volver a leer una vez! Tan pronto como la idea se hubo posesionado de mí, obró a modo de un veneno fuerte; de repente, mis oídos empezaron a zumbar, y el corazón, a golpear con vehemencia, mis manos quedaron heladas y no me obedecían más. Pero luego del primer aturdimiento, me arrimé silenciosa y cautamente, y sin perder de vista al centinela, poniéndome cada vez más cerca del abrigo, empujé el libro con los dedos escondidos sobre la espalda hasta hacerlo sobresalir del borde del bolsillo. Luego un gesto, un movimiento apenas perceptible, cuidadoso, y de pronto tenía en la mano un librito, no muy voluminoso por cierto. Sólo entonces me espantó mi acción. Pero ya no podía volver sobre mis pasos, y se presentaba la duda: ¿dónde meterlo? Guardé el libro sobre la espalda, metido dentro del pantalón, a la altura del cinturón, y luego lo corrí poco a poco hacia adelante, hasta la cadera, para sostenerlo mientras caminaba con la mano firme y militarmente apretada contra la costura. Entonces pasé por la primera prueba. Me aparté del guardarropa, un paso, dos pasos, tres pasos. Todo marchaba bien. Era, efectivamente, posible sostener el libro con sólo apretar la mano fuertemente contra la costura, mientras caminaba.

»Se me hizo pasar a la habitación contigua, para el interrogatorio. Requería de mi parte mayor esfuerzo que nunca, porque durante todo el tiempo de mi exposición concentraba mi energía, en realidad, no sobre lo que decía, sino antes bien, sobre la precaución de sostener el libro sin despertar sospechas. Por fortuna, esa vez se me formularon pocas preguntas y conseguí transportar mi libro con toda felicidad a mi habitación. No le entretendré con todos los pormenores; no le distraeré para contarle el momento de zozobra que pasé cuando en el pasillo se deslizó el libro una vez peligrosamente del pantalón y tuve que simular un fuerte acceso de tos para agacharme y poder restituir mi tesoro, sin inconveniente, a su lugar, a la altura del cinturón. Pero ¡qué segundo, en cambio, aquel en que me reintegré a mi infierno, solo por fin y ya no solo!

»Usted supondrá, posiblemente, que sacaría el libro inmediatamente para contemplarlo y leerlo. ¡Nada de eso! Quería saborear el placer previo de saberme en posesión de un libro; el deleite artificialmente prolongado y que excitaba maravillosamente mis nervios, el gusto de soñar y pensar qué clase de libro habría preferido que fuese el que acababa de robar. Un libro, claro está, de letra muy menuda, eso en primer término, un libro que contuviese muchas letras, cuantas más, mejor; muchas, muchísimas páginas, para que fuese todo lo más largo posible el tiempo que emplearía en leerlo. Y luego deseaba que fuese una obra que me exigiese un esfuerzo intelectual, nada superficial, nada fácil, sino algo que se podía aprender, aprender de memoria, poesías, preferentemente —¡qué sueño atrevido!—, un libro de Goethe o de Homero. Pero al final no pude resistir más tiempo a mi avidez, a mi curiosidad. Tirado en la cama, de tal modo que el centinela no pudiese descubrirme si acaso abría la puerta repentinamente, saqué el tomo temblando de entre las ropas.

»El primer vistazo me deparó un desengaño, más aún, una especie de amarguísimo disgusto: aquel libro conseguido a costa de tan gran peligro, guardado con tan ardiente esperanza, no era sino un compendio de ajedrez, un compendio de ciento cincuenta partidas de campeones. Si no me hubiera encontrado encerrado y enjaulado, en el primer arrebato de furia hubiese arrojado el libro por la ventana abierta, pues ¿qué iba a hacer yo con aquella cosa tan absurda? En la escuela secundaria había probado alguna vez, como la mayoría de los estudiantes, mi habilidad frente a un tablero de ajedrez para vencer el tedio. Pero ¿qué podía hacer en aquellas circunstancias con esa nadería teórica? No se puede jugar al ajedrez sin un contrincante y menos aún sin piezas y sin tablero. Hojeé el libro de mal talante, pero con la secreta esperanza, de encontrar, pese a todo, algo que pudiese leer, un prefacio, una indicación, pero no hallé más que los esquemas cuadrados de las distintas partidas y al pie de los mismos unos signos que al principio me resultaban incomprensibles: a1-a2, f1-g3, etc. Todo eso se me antojaba una especie de álgebra, cuya clave ignoraba y no hallaba de pronto. Sólo poco a poco fui descubriendo que las letras a b c indicaban las filas verticales, mientras que las cifras del 1 al 8 correspondían a las filas horizontales, determinando las combinaciones respectivas la situación en que se hallaban las distintas figuras. Con ello, esos esquemas puramente gráficos adquirían siquiera un lenguaje. Tal vez, reflexioné, podré construir en mi encierro una suerte de tablero, procurando entonces la reconstrucción de esas partidas; y se me ocurrió que era una señal de la Providencia el que mi cubrecama estuviese hecho de un género a grandes cuadros. Doblándolo en forma conveniente, podía combinar, con un poco de paciencia, las sesenta y cuatro casillas que me hacían falta. Comencé, pues, por esconder el librito debajo del elástico, arrancando sólo la primera hoja que hacía las veces de cubierta. Luego, y con ayuda de migas de pan que fui ahorrando de mis comidas, formé —aunque desde luego de un modo risiblemente grosero —las diferentes piezas, del ajedrez, reyes, reinas, etc. Al cabo de infinitos esfuerzos pude por fin tratar de reconstruir en el cubrecama a cuadro las posiciones señaladas en el manual de ajedrez. Pero cuando quería jugar toda una partida, fracasaba al principio con mis ridículas figuras de miga de pan, la mitad de las cuales había oscurecido, para distinguirlas, cubriéndolas de polvo. En los primeros días me confundía invariablemente; tenía que reiniciar cada partida diez, veinte y aun cincuenta veces. Pero ¿había en el mundo quien dispusiera de tanto tiempo sin aprovechar e inútil, como yo, el esclavo de la nada; quien tuviese a su disposición tanta avidez inconmensurable y tanta paciencia? Al cabo de seis días jugué la primera partida intachablemente; ocho días después ya ni siquiera me hacían falta las migas sobre el cubrecama para representarme las posiciones señaladas en el tratado de ajedrez, y otros ocho días después no necesitaba ya tampoco el cubrecama a cuadros, ya que detrás de mi frente los al principio abstractos signos del libro a1, a2, c7, c8 se habían transformado en posiciones plásticas y visuales. La transformación se había operado acabadamente: había proyectado el tablero de ajedrez con todas sus piezas hacia adentro, y gracias a aquellas fórmulas abarcaba de un vistazo toda la posición respectiva, tal como a un músico experto le basta mirar simplemente la partitura para oír todas las voces y percibir su armonía. Al cabo de otros quince días más estaba en condiciones de jugar sin ninguna dificultad cualquier partida del libro, reproducirla de memoria o —para emplear el término técnico —a ciegas; sólo entonces empecé a comprender el inmenso beneficio que me había conquistado con aquel hurto atrevido. Porque de pronto tenía una ocupación, un quehacer sin sentido, inútil, si usted quiere, pero con todo, algo que anulaba la nada en mi derredor. Las ciento cincuenta partidas magistrales constituían para mí un arma maravillosa contra la aplastante monotonía del espacio y del tiempo. Para conservar intacto el encanto de la nueva ocupación, repartí de entonces en adelante las jornadas, imponiéndome como deber dos partidas por la mañana, dos partidas por la tarde y un rápido repaso al anochecer. Con ello adquirían mis días un contenido, mientras que hasta entonces se habían prolongado vacuamente; tenía algo que hacer sin cansarme; porque el juego del ajedrez posee la magnífica ventaja de no agotar el cerebro, pese al esfuerzo mental más intenso, pues reduce el empleo de las energías espirituales a un campo estrechamente limitado, aguzando más bien la agilidad y elasticidad de la mente. Poco a poco la reconstrucción de las partidas de maestros que primero efectuaba de un modo totalmente mecánico, fue causándome un interés artístico, placentero. Llegué a conocer las finezas, las agudezas y perfidias del ataque y de la defensa; comprendí la técnica de la previsión, combinación y réplica, y pronto descubrí también la nota personal de cada campeón, las características de su conducción individual, que pueden distinguirse tan indefectiblemente como puede reconocerse el autor de un poema a través de la lectura de unos pocos versos. Lo que había comenzado como actividad destinada únicamente a pasatiempo, se convirtió en deleite, y las figuras de los grandes estrategas ajedrecistas como Alekhine, Lasker, Bogoljubow, Tartakower entraron como estimados camaradas en mi soledad. Una variación infinita animaba diariamente la muda celda, y la regularidad de mis ejercicios, sobre todo, devolvió la ya conmovida seguridad a mis facultades intelectuales; sentí mi cerebro renovado y hasta reaguzado, por así decirlo, gracias a esa constante disciplina mental. Los interrogatorios, en primer término, me probaban que pensaba más clara y concisamente; en el tablero de ajedrez me había perfeccionado, sin pensarlo ni saberlo, en la defensa contra coartadas, amenazas falsas y subterfugios encubiertos; a partir de entonces ya no ofrecía ningún instante más de debilidad frente a mis inquisiciones e incluso tenía la sensación de que los agentes de la Gestapo empezaban a considerarme con cierto respeto. Es posible que en secreto se preguntasen, viendo sucumbir a todos los demás, de qué fuentes ocultas únicamente yo sacaba fuerzas para tan inmutable resistencia.

»Aquel período de mi felicidad, durante el cual jugaba diariamente por sistema y una tras otra las ciento cincuenta partidas de mi libro, se extendió sobre cosa de dos meses y medio a tres meses. De pronto llegué inesperadamente a un punto muerto. Sin más ni más volví a encontrarme ante la nada. Es que cuando había jugado de veinte a treinta veces una cualquiera de aquellas partidas, perdía naturalmente el atractivo de la novedad, de la sorpresa y quedaba agotada su anterior fuerza de excitación tan estimulante. ¿Qué sentido tenía el repetir una y otra vez unas partidas que ya sabía de memoria, jugada por jugada? Apenas efectuaba el primer movimiento de apertura, su desarrollo ulterior se sucedía casi automáticamente en mi mente, y no se presentaban más sorpresas, alternativas ni problemas. Para ocuparme, es decir, para procurarme el esfuerzo y la distracción intelectuales que ya se me habían tornado indispensables, hubiera necesitado otro libro que reprodujera otras partidas. Pero como quedaba absolutamente fuera de lo posible el conseguirlo, me quedó un solo camino en ese laberinto curioso: debía inventar partidas nuevas en reemplazo de las que ya conocía. Tenía que tratar de jugar conmigo mismo, más exactamente, contra mí mismo.

»No sé hasta qué grado usted habrá reflexionado alguna vez sobre la situación espiritual que ofrece ese juego de los juegos. Sin embargo, la más fugaz reflexión habrá de bastar para poner en evidencia que en el ajedrez, que es un juego cabal, independiente en absoluto del azar, significaría un absurdo el querer jugar contra sí mismo. En el fondo, el atractivo del ajedrez descansa únicamente en el hecho de que su estrategia se desarrolla de distinto modo en dos cerebros; que en esa guerra espiritual, el negro ignora las maniobras e intenciones del blanco, aunque trata continuamente de adivinarlas y malbaratarlas, mientras que el blanco, a su vez, procura adelantarse y frustrar los propósitos inconfesos del negro. Ahora bien, si el negro y el blanco quedaran representados por una y la misma persona, se produciría la contradictoria situación de que un cerebro debería al mismo tiempo saber algo e ignorarlo. Sería necesario que jugando en función del blanco, pudiese olvidar totalmente, como siguiendo una orden, lo que un minuto antes había querido e intentado representando el contrincante negro. Semejante pensamiento doble supondría en realidad una división absoluta de la conciencia, un abrir y cerrar a discreción de un como obturador del cerebro, similar al de un aparato mecánico; querer jugar contra sí mismo significa, pues, en materia de ajedrez, igual paradoja que saltar sobre la propia sombra.

»Pero, para abreviar, he aquí que durante meses procuraba en mi desesperación ese imposible, ese absurdo. No me quedaba otra alternativa que ese contrasentido, para no caer víctima de la locura pura o de un total marasmo intelectual. Una situación angustiosa me obligaba a procurar, cuando menos, esa escisión en blanco y negro, para no quedar apretado por aquella horrible nada reinante en torno mío.»

Continuará...
Viernes, 08 de Julio de 2005 10:07 #. Tema: Libros.

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