UNA PARTIDA DE AJEDREZ ( VIII )
No tardé mucho en encontrar en la cubierta de paseo al que tan rápidamente se había retirado. Estaba tendido en un sillón de tijera, leyendo. Antes de acercarme a él, me quedé un rato contemplándolo. La cabeza, de rasgos marcados, descansaba con gesto de leve cansancio sobre una almohada; nuevamente me sorprendió en particular la extrema palidez de aquella cara relativamente joven, en cuyas sienes resaltaban unos cabellos de deslumbrante blancura; tuve, no sé por qué, la sensación de que aquel hombre debía haber envejecido de golpe. Apenas me aproximé a él, se levantó y se presentó dándome a conocer su apellido, que era el de una antigua familia austríaca honrosamente conceptuada. Recordé que un caballero de ese apellido había pertenecido al círculo íntimo de los amigos de Schubert y que un médico de cabecera del anciano emperador era miembro de la misma familia. Cuando transmití al doctor B. nuestra solicitud en el sentido que aceptase el reto de Czentovic, quedó visiblemente perplejo. Ello era que no tenía la menor noción de que en aquel partido se había enfrentado, gloriosamente, con un campeón mundial y, por añadidura, con el a la sazón más afortunado. Esa noticia parecía impresionarle por alguna razón determinada, pues una y otra vez preguntaba si estaba seguro de que se trataba de un campeón mundial reconocido. Me di cuenta prontamente de que esa circunstancia facilitaba mi misión, pero atento a su delicadeza, creí oportuno callar por el momento que el riesgo material de una eventual derrota correría por cuenta de McConnor. Después de un titubeo prolongado, el doctor B. se declaró dispuesto, por fin, a llevar a cabo esa partida, pero no sin haber pedido expresamente que advirtiese nuevamente a los demás señores que no depositaran esperanzas demasiado vivas en su capacidad. —Porque —agregó con una sonrisa pensativa —ignoro realmente si sé jugar, como es debido, una partida de ajedrez según todas las reglas. Créame usted, no era falsa modestia cuando dije que no he vuelto a tocar una pieza de ajedrez desde mis tiempos de estudiante secundario, es decir, desde hace más de veinte años. Y aun en aquellos tiempos sólo pasaba por jugador discreto.
Dijo eso en un tono tan natural, que no pude dar pábulo a la menor duda respecto de su sinceridad. Sin embargo, no pude menos de expresar mi admiración por la exactitud con que recordaba cada combinación de los más distintos maestros. Debía haberse dedicado mucho al ajedrez, por lo menos en teoría. El doctor B. volvió a sonreír de aquella manera extrañamente soñadora.
—¿Que si me había dedicado mucho al ajedrez?... Dios sabe que lo he hecho. Pero eso ocurrió en circunstancias muy particulares, más aún, absolutamente sin igual. Es una historia asaz complicada, que podría pasar muy bien por una pequeña contribución a la caracterización de nuestra deliciosa y decisiva época. Si usted tiene media hora de paciencia...
Señaló una silla de tijera al lado de la suya. Acepté gustoso su invitación. Estábamos sin vecinos. El doctor B. se quitó los lentes que usaba para leer, los dejó a un lado y empezó:
—«Ha tenido usted la gentileza de manifestar que como vienés recordaba mi apellido. Pero sospecho que nunca habrá oído hablar del bufete de abogado que al principio dirigía junto con mi padre y luego solo, pues no solíamos defender causas a las cuales se diera publicidad en los diarios, y evitábamos, por principio, aumentar el número de nuestros clientes. En realidad, el nuestro no era tampoco un verdadero estudio de abogados sino que nos limitábamos a la asesoría jurídica y sobre todo a la administración de bienes de los grandes conventos, con los cuales mi padre estaba relacionado como ex diputado del partido clerical. Además —hoy que la monarquía pertenece al dominio de la historia, ya puede hablarse de eso— se nos había confiado la administración de los fondos de algunos miembros de la familia imperial. Esa relación con la corte y el clero —un tío mío era médico de cabecera del emperador, y otro, abad de Seitenstetten —se remontaba ya a dos generaciones atrás; sólo teníamos que conservarla. Nuestra actividad era tranquila, casi diría silenciosa y se nos la confiaba en virtud de esa confianza heredada. En realidad no requería mucho más que la discreción y confianza más absolutas, dos condiciones que mi difunto padre poseía en grado sumo. Él, en efecto, logró conservarles a sus clientes, gracias a su prudencia, considerables fortunas, tanto en los años de la inflación como en los de la revolución. Cuando más tarde Hitler se adueñó del poder en Alemania e inició sus asaltos contra la propiedad de la Iglesia y de los monasterios, intervinimos también allende la frontera en distintas negociaciones y transacciones para salvar, al menos, los bienes muebles de la confiscación, y sabíamos más con respecto a ciertas negociaciones políticas secretas de la curia y la corte de lo que jamás llegará a conocimiento del público. Pero precisamente el aspecto poco llamativo de nuestro estudio —ni siquiera teníamos chapa en la puerta —así como la precaución consistente en el evitar ambos manifiestamente todos los círculos monárquicos de Viena, brindaron la mayor seguridad contra investigaciones indiscretas. De hecho, en todos esos años, ninguna autoridad jamás sospechó en Austria que los correos secretos de la casa imperial siempre entregaban y retiraban su correspondencia más importante, ni más ni menos que en nuestro insignificante estudio instalado en un cuarto piso.
»Pues bien, mucho antes de armar sus ejércitos, el nacionalsocialismo había comenzado a organizar en los países vecinos otro ejército no menos peligroso y disciplinado: la legión de los infortunados, de los relegados, de los humillados. En cada oficina, en cada empresa, se habían anidado las llamadas "células"; en todo lugar, hasta en las habitaciones privadas de Dollfuss y Schuschnigg, estaban colocados sus escuchas y espías. Tenían su representante hasta en nuestro modestísimo escritorio, como por desgracia llegué a saber demasiado tarde. Es verdad que no era sino un escribiente miserable, sin talento alguno, que por recomendación de un cura había empleado para dar a nuestro estudio, exteriormente, el aspecto de una oficina regular; en realidad sólo lo empleábamos para recados inocentes, le dejábamos atender el teléfono y ordenar las actas, es decir, aquellas actas que eran indiferentes e insignificantes en absoluto. Jamás se le permitió abrir las cartas; todas las cartas importantes las escribía yo personalmente a máquina, sin dejar copia; yo mismo llevaba cualquier documento de valor a mi casa, y las conversaciones secretas las realizaba exclusivamente en el priorato del monasterio o en el consultorio de mi tío. Gracias a esas medidas de precaución aquel espía no llegó a descubrir ninguno de los sucesos verdaderos; pero a raíz de alguna casualidad desdichada, el ambicioso individuo debió haberse dado cuenta de que inspiraba desconfianza y que a sus espaldas ocurrían cosas harto interesantes. Es posible que en mi ausencia algún correo haya hablado imprudentemente de "Su Majestad" en vez de emplear el convencional "barón Fern", como también puede ser que el malandrín haya abierto alguna carta sin mi autorización; de todos modos, y antes de que yo pudiera sospechar algo, se hizo dar órdenes desde Munich o Berlín para vigilarnos. Sólo mucho más tarde, cuando ya hacía tiempo que estaba preso, recordé que en los últimos meses su primitiva desidia para el trabajo se había transformado en repentina aplicación, y que vanas veces se ofreció casi importunamente a llevar mi correspondencia al correo. No puedo absolverme, pues, de cierta imprudencia, pero, ¿acaso el hitlerísmo no ganó la partida venciendo aún a los diplomáticos y militares más avezados del mundo? Recibí una prueba palpable del cuidado y cariño con que la Gestapo, desde tiempo atrás, venía dedicando su atención a mi persona, cuando la misma tarde en que Schuschnigg renunció, y un día antes de que Hitler entrara en Viena, me detuvieron los hombres de la S.S. Felizmente había logrado quemar los papeles más importantes, no bien oí en la radio el discurso de despedida de Schuschnigg; y los documentos restantes con los indispensables comprobantes de los valores depositados en el extranjero y pertenecientes a los conventos y dos archiduques, los mandé, literalmente a último momento, antes que derribaran mi puerta, escondidos en un cesto de ropa con mi vieja ama de casa, mujer de toda confianza, al domicilio de mi tío.»
El doctor B. se interrumpió para encender un cigarro. A su viva luz observé nuevamente el tic nervioso que se traducía en un movimiento convulsivo de la comisura izquierda de su boca, y que ya antes había llamado mi atención y, según pude comprobar, se repetía a intervalos bastante regulares de algunos minutos. No era más que un movimiento fugaz, poco más intenso que el tomar aliento, pero que marcaba todo el rostro con una inquietud extraña.
—«Usted creerá tal vez que ahora voy a hablarle del campo de concentración al que se llevó a todos los que habían guardado fidelidad a nuestra vieja Austria; de las humillaciones, martirios y torturas que allí sufriría. Pero no ocurrió nada de eso. Me destinaron a otra categoría de presidio. No me llevaron junto con los desdichados en quienes se ensañaba un resentimiento represado desde mucho tiempo atrás, humillándolos física y psíquicamente, sino que me incorporaron a aquel otro grupo reducido al que los nacionalsocialistas pensaban arrancar dinero o informaciones importantes. Desde luego, mi modesta persona le era perfectamente indiferente a la Gestapo. Esta debía haberse enterado, sin embargo, de que éramos los testaferros, administradores y hombres de confianza de sus enemigos más tenaces, y lo que querían arrancarme a la fuerza, eran pruebas, pruebas contra los conventos a los que querían acusar de transferencias de fortunas, pruebas contra la familia imperial y todos los que en Austria se habían empeñado y sacrificado en favor de la monarquía. Sospechaban —y ciertamente, no sin razón —que grandes partes de los fondos que habían pasado por nuestras manos se mantenían ocultas e inaccesibles a su voracidad. Por eso me detuvieron desde el primer día, para obligarme con sus medios probados a revelar tales secretos. A la gente de mi condición, a la que importaba sonsacar informaciones valiosas o dinero, no se la pasaba, pues, al campo de concentración, sino que se le daba otra clase de tratamiento. Quizá usted recuerde todavía que tanto nuestro canciller como el barón Rothschild, a cuyos parientes esperaban arrancar unos cuantos millones, no fueron guardados en ningún momento tras los alambrados de púa de algún campo de concentración, sino que, ofreciéndoles aparentes privilegios, se les llevó a un hotel, más exactamente al Hotel Metropol, que era al mismo tiempo el cuartel general de la Gestapo, y donde se destinaba a cada uno una habitación aparte. Yo, con ser hombre tan insignificante, fui, sin embargo, objeto de la misma distinción.
»Una habitación individual en un hotel..., eso suena a tratamiento muy humano, ¿verdad? Pero puede usted creerme que en realidad no se nos daba un trato más humano sino que, simplemente, se nos aplicaba un método más refinado. A los "prominentes" no se les enjaulaba de a veinte hombres, en una barraca helada; se les alojaba en una habitación de hotel, individual, dotada de regular calefacción, porque la presión mediante la cual se quería arrancarnos el informe necesario debía tener características más sutiles que los golpes y torturas corporales; se nos aplicaba el aislamiento más refinado que imaginarse pueda. Nada se nos hizo, solo que se nos situó dentro de la nada absoluta, porque, según es notorio, ninguna cosa del mundo ejerce tanta presión sobre el alma humana como la nada. Encerrando a cada uno de nosotros individualmente en un vacío absoluto, en una habitación cerrada herméticamente al mundo exterior, esa presión debía producirse, no exteriormente por obra de golpes o del frío, sino interiormente, para despegar al final nuestros labios por fuerza. A primera vista, la habitación que me había sido designada no parecía incómoda en absoluto. Tenía puerta, mesa, cama, silla, lavabo y una ventana con reja. Pero la puerta quedaba cerrada día y noche; en la mesa no debía depositarse ningún libro, ningún diario, ni una hoja de papel, ni tampoco un lápiz. La ventana daba sobre una pared lisa: en torno a mi conciencia y a mi propio cuerpo, se había creado la nada absoluta. Se me habían quitado todos los objetos: el reloj, para que no tuviera noción del tiempo, el lápiz, para que no pudiera escribir nada, el cortaplumas, para que no pudiera abrirme las venas; se me negó, incluso, el más débil narcótico, tal como un cigarrillo. Con excepción del centinela, sobre quien pesaba prohibición de hablarme o de contestarme ni a una sola pregunta, jamás veía una cara humana; jamás oía una voz de hombre, y de la noche a la mañana, de la mañana a la noche, ninguno de los sentidos recibía el menor alimento, y me quedaba inexorablemente solo conmigo mismo, con mi cuerpo y las cuatro o cinco cosas mudas: el lavabo, la ventana, la mesa, la cama; vivía como un buzo bajo una campana de vidrio en el océano negro de ese silencio, más aún, como un buzo que ya barrunta que la cuerda que le comunica con la superficie se ha roto y que nunca se podrá rescatarle de la silente profundidad. No había nada que hacer, que oír, ni ver; por todos lados me rodeaba ininterrumpidamente la nada, el vacío absoluto, carente de espacio y de tiempo. Me paseaba arriba y abajo y conmigo iban los pensamientos, arriba y abajo. Pero aun las ideas, por más insustanciales que parezcan, necesitan un punto de apoyo; de lo contrario empiezan a girar insensatas en derredor de sí mismas; ellas tampoco soportan la nada. De la mañana a la noche esperaba alguna cosa, pero nada acontecía. Volvía a esperar y a esperar de nuevo. Nada, sin embargo, sucedía. Esperaba, esperaba, pensaba, pensaba hasta que me dolían las sienes. Me quedaba solo. Solo, solo.
»Así pasaron quince días que viví fuera del tiempo, fuera del mundo. Si entonces hubiera estallado una guerra, yo no me habría enterado; mi mundo se componía únicamente de una mesa, una puerta, una cama, un lavabo, una pared y una ventana; siempre clavaba la mirada en el mismo papel pintado de la misma pared; cada línea de su dibujo de zigzag se grabó como a buril acerado en el pliegue más íntimo de mi cerebro, a fuerza de tanto mirarlo fijamente. Por fin comenzaron los interrogatorios. Se solía llamarnos repentinamente, sin que supiéramos bien si era de día o de noche. Nos llamaban, nos conducían a través de varios pasillos y no sabíamos adónde; luego debíamos esperar en algún sitio, que tampoco sabíamos qué era, y de pronto nos encontrábamos frente a una mesa en torno a la cual se hallaban sentados unos cuantos individuos uniformados. Sobre esa mesa se apilaba un montón de papeles, expedientes cuyo contenido no se conocía. Comenzaban las preguntas, las falsas y las verdaderas, las claras y las intencionadas, las imprevistas y las taimadas; y mientras se contestaba, malévolos dedos extraños hojeaban aquellos papeles, de los que no se sabía a qué se referían, y anotaban algo en un protocolo, y no se sabía qué escribían. Pero lo más terrible de esos interrogatorios era, para mí, el que no se podía adivinar ni calcular lo que los agentes de la Gestapo sabían efectivamente en cuanto a lo que había ocurrido en mi estudio y lo que querían arrancarme a modo de obligada confesión. Ya le dije a usted que los documentos verdaderamente comprometedores los había remitido a último momento a mi tío, por intermedio de mi ama de llaves. Pero ¿los había recibido? ¿O no habían llegado a sus manos? ¿Y qué y cuánto había revelado aquel escribiente? ¿Qué cartas había interceptado, cuántas informaciones habían arrancado, acaso, en el ínterin en los monasterios alemanes que representábamos, a algún sacerdote poco hábil? Preguntaban y preguntaban. Querían saber qué valores había comprado por cuenta de este o aquel convento, en qué banco los había depositado, si conocía o no a Fulano, si había recibido cartas desde Suiza o desde Steenockerzeele. Y como nunca pude barruntar cuánto habían averiguado ya por otros conductos, cada contestación se transformaba en tremenda responsabilidad. Si admitía algo que ellos ignoraban, era muy fácil que con ello comprometiese injustamente a una persona. Si negaba demasiado, me perjudicaba personalmente.
»Pero los interrogatorios no eran lo peor todavía. Más terrible aún era el retorno de la inquisición a mi nada, a la misma habitación, la misma cama, la misma mesa, el mismo lavabo, los mismos papeles pintados. Porque apenas quedaba a solas conmigo mismo, trataba de reconstruir las contestaciones que habrían sido más prudentes y lo que debería decir la próxima vez para anular la sospecha que acaso había despertado con una observación imprudente. Reflexionaba, pensaba, estudiaba, revisaba una por una las palabras de la declaración que acababa de prestar ante el juez de instrucción, recapitulaba cada pregunta que se me había formulado, y cada una de mis réplicas; trataba de considerar qué parte habían protocolizado y sabía, sin embargo, que jamás lograría calcularlo ni averiguarlo. Pero esos pensamientos, una vez puestos en marcha en el espacio vacío, no se cansaban de dar vueltas en la imaginación, vueltas y más vueltas, siempre en distintas combinaciones, ininterrumpidamente, hasta en los sueños. Después de cada interrogatorio por la Gestapo, mis propios pensamientos se hacían cargo no menos inexorablemente de la tortura del preguntar, averiguar, y acaso, martirizaban más cruelmente aún, porque aquellos interrogatorios siquiera terminaban al cabo de una hora, mientras que éstos no cesaban nunca, debido a la tortura perversa de la soledad. Y siempre en mi derredor la mesa, la cama, el armario, los papeles pintados, la ventana; ninguna distracción, ningún libro, ningún diario, ninguna cosa extraña, ningún lápiz para apuntar algo, ningún fósforo para jugar con él..., nada, nada, nada. Entonces comprendí cuán diabólicamente ingenioso, cuán brutalmente ideado desde el punto de vista psicológico era ese sistema de las habitaciones de hotel. Es posible que en el campo de concentración habría tenido que acarrear piedras hasta sangrarme las manos y sentir helarse mis pies dentro de los zapatos; habría sido apilado con dos docenas de hombres en medio del hedor y del frío. Pero hubiera visto caras, hubiera podido mirar un campo, un carro, un árbol, una estrella, algo, cualquier cosa, mientras que en aquella habitación persistía invariablemente lo mismo en torno mío, siempre lo mismo, ese espantoso "lo mismo". Allí no había nada capaz de distraerme de mis ideas, de mis manías, de mi enfermizo recapitular. Y ése era precisamente el propósito... Yo debía engullir mis pensamientos, ellos debían ahogarme hasta que por último no podría sino escupirlos, confesarlos, diciendo todo lo que los agentes querían, entregar por fin, no sólo las indicaciones, sino también los hombres. Noté que poco a poco mis nervios comenzaban a resentirse bajo esa presión espantosa, y consciente del peligro, procuré mantenerlos tensos al extremo, buscando o inventando alguna distracción. Para ocuparme de alguna manera, empecé a recitar o a reconstruir todo lo que alguna vez había aprendido de memoria: el himno nacional, las rimas de los juegos infantiles, el Homero del colegio superior, los párrafos del código civil. Luego me esforzaba por calcular, sumar y dividir cualesquiera cantidades, pero mi memoria carecía en el vacío de fuerza de retención. Me resultaba imposible concentrarme en cosa alguna. Siempre surgía, intervenía, se entremetía la misma idea: ¿Qué saben, qué ignoran? ¿Qué dije ayer, qué debería decir la próxima vez?
Continuará...




