UNA PARTIDA DE AJEDREZ ( V )

escacs1_petit.jpgMejor no hubiera empleado esa expresión de jugadores de tercer orden al dirigirme a un hombre tan soberbio como McConnor. Se recostó disgustado y declaró con brusquedad que, por su parte no podía creer que Czentovic rechazaría la cortés invitación de un caballero. El ya se cuidaría de eso. Respondiendo a su pedido, le esbocé una descripción de la persona del campeón mundial, y al momento se lanzó, abandonando indiferente nuestro tablero y con incontenible impaciencia, en pos de Czentovic, buscándolo por la cubierta de paseo. Noté de nuevo que era imposible detener al dueño de aquellos hombros tan anchos, en cuanto y tan pronto había orientado su voluntad hacia un objetivo determinado.

Esperé, bastante intrigado. Al cabo de unos diez minutos, McConnor volvió, de no muy buen talante, al parecer.

—¿Y? —pregunté.

—Tenía usted razón —contestó un si es no es indignado—. No es lo que se llama un hombre agradable. Me presenté. Le expliqué quién soy. Ni siquiera me tendió la mano. Traté de explicarle cuán orgullosos y honrados nos sentiríamos todos sus compañeros de viaje si jugara unas partidas simultáneas con nosotros. Pero no se inmutó. Sólo dijo que lo sentía, pero que estaba comprometido por un contrato con su agente, y que ese contrato le vedaba expresamente jugar durante toda su gira sin cobrar honorarios. Que su tarifa mínima eran doscientos cincuenta dólares por partida.

Me eché a reír:

—Nunca se me hubiera ocurrido pensar que la tarea de mover unas piezas de ciertos escaques negros a otros blancos pudiera llegar a constituir un negocio tan lucrativo. Espero que usted se habrá despedido con la misma cortesía con que se presentó.

Pero McConnor permaneció inmutablemente serio.

—Concertamos un encuentro para mañana, a las tres de la tarde. Aquí, en el salón de fumar. Espero que no nos dejaremos derrotar tan fácilmente.

—¿Cómo? ¿Usted le concedió los doscientos cincuenta dólares? —exclamé grandemente sorprendido.

—¿Por qué no? C'est son métier. Si sufriera dolor de muelas y hubiese casualmente un dentista entre los pasajeros, tampoco pretendería que me arrancase la muela a título gratuito. Al hombre lo asiste toda la razón del mundo cuando fija esos precios; en todos los oficios, los más entendidos son a la vez los mejores comerciantes. En cuanto a mí se refiere, cuanto más caro un negocio, tanto mejor. Prefiero pagar lo que sea antes de admitir que un señor Czentovic me conceda una merced y yo termine por tener que darle las gracias. Mirándolo bien, ¿cuántas veces he perdido más de doscientos cincuenta dólares en una tarde en nuestro club?, y eso sin jugar contra un campeón mundial. Para jugadores de "tercer orden" no es vergonzoso quedar vencidos por un Czentovic.

Observé con cierto placer cuán profundamente mi inocente calificación de "jugadores de tercer orden" había herido el amor propio de McConnor. Pero, puesto que estaba en su ánimo el pagar tan caro su gusto, nada podía objetar contra su orgullo descarriado, que en última instancia había de facilitarme el conocimiento del objeto de mi curiosidad. Informamos rápidamente sobre el inminente suceso a los cuatro o cinco caballeros que hasta entonces habían hecho profesión de fe de su afición al ajedrez, y a fin de evitar en lo posible que nos molestasen los demás pasajeros con su ir y venir, mandamos reservar de antemano, no sólo nuestra mesa, sino también las mesas vecinas.

Al día siguiente nuestro grupito se reunió puntualmente a la hora convenida. El asiento del medio, frente al del maestro, quedaba, desde luego, destinado a McConnor, quien, para aliviar su nerviosidad, encendía pesados cigarros, uno tras otro, y miraba a cada rato, inquieto, el reloj. Pero el campeón mundial —según yo barruntaba después de las referencias que me había dado mi amigo —nos hizo esperar diez minutos largos, lo que, por supuesto, dio mayor aplomo a su aparición. Se acercó, tranquilo y grave, a la mesa. Sin presentarse —"vosotros sabéis quién soy, y a mí no me interesa saber quiénes sois", parecía significar esa grosería —inició con sequedad de profesional las disposiciones del caso. En vista de que por falta de suficientes tableros era imposible llevar a cabo una sesión de simultáneas, propuso que todos juntos jugásemos contra él. Después de cada movimiento, se retiraría a otra mesa en el extremo del salón para no molestar nuestras deliberaciones. Una vez realizadas nuestras jugadas de réplica, golpearíamos con una cuchara contra una copa, ya que, lamentablemente, no había una campanilla de mesa a mano. Además propuso que se fijara un límite máximo de diez minutos para cada jugada, siempre que nosotros no prefiriéramos otras disposiciones. Huelga decir que aceptamos, hechos unos estudiantillos cohibidos, todo cuanto nos proponía. En el sorteo de los colores, le tocaron a Czentovic las piezas negras; hizo, de pie todavía, su primer movimiento respondiendo a nuestra apertura y se dirigió inmediatamente al lugar de espera que él mismo había designado y donde, negligentemente recostado, hojeó una revista ilustrada.

Los pormenores del partido ofrecieron poco interés. Terminó, naturalmente, como tenía que terminar, es decir, con nuestra derrota absoluta, la cual se produjo ya después del vigesimocuarto movimiento. El hecho de que un campeón mundial derrotase con toda facilidad a media docena de jugadores mediocres y aun menos que mediocres, era de por sí poco sorprendente; lo único que en realidad nos molestaba a todos era el modo prepotente y demasiado manifiesto con que Czentovic nos hacía sentir la facilidad con que nos había ganado. Cada vez que llegaba su turno, echaba sólo una mirada aparentemente fugaz sobre el tablero, midiéndonos con otra displicente, como si a nuestra vez tampoco hubiéramos sido más que inertes figuras de madera. Ese gesto impertinente hacía pensar, sin querer, en el modo con que se tira un hueso a un perro sarnoso, apartando la vista. A mi ver, hubiera podido llamar nuestra atención con un mínimo de tacto, sobre algún error y animarnos con una palabra gentil. Pero ese inhumano autómata ajedrecista no pronunció tampoco una sola sílaba una vez terminada la partida, sino que esperó, inmóvil, frente a la mesa, luego de darnos el "mate", por si deseábamos jugar una segunda partida con él. Indefenso, como siempre se queda uno ante la grosería insensible, por mi parte ya me había levantado para demostrar con ese movimiento que, concluido ése que se reducía a un negocio valorado en dólares, daba por terminado también el placer de nuestra relación, cuando, con gran disgusto mío, McConnor dijo con voz completamente ronca:

—¡Desquite!

Continuará...
Miércoles, 29 de Junio de 2005 10:04 #. Tema: Libros.

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario




No será mostrado.






Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]