UNA PARTIDA DE AJEDREZ ( IV )

scacs_p.jpgY entonces, por primera vez, uno de esos genios raros o uno de esos locos enigmáticos se hallaba muy cerca de mí, en el espacio, en el mismo barco, cinco camarotes por medio; y yo, desdichado de mí, en quien la curiosidad en materia espiritual siempre termina por tomar la forma de una especie de pasión, ¿no sería capaz de allegarme a él? Comencé a pensar en los ardides más absurdos: ora pensaba en despertar su vanidad, simulando una pretendida entrevista para un diario importante, ora quería hacerle caer en las redes de la codicia y proponerle un torneo lucrativo en Escocia. Pero finalmente recordé que la técnica más eficaz de los cazadores para atraer al gallo montés consiste en imitar su grito de celo, y, en efecto, ¿qué otra cosa ofrecía mayores probabilidades de merecer la atención de un campeón de ajedrez que un par de personas entregadas a ese juego?

Ahora bien, en ningún momento de mi vida he sido un cabal artista del ajedrez, y ello por la simple razón de que jamás le atribuía importancia y sólo le dedicaba una que otra vez un corto tiempo para distraerme. Cuando me coloco por una hora frente al tablero, de ningún modo lo hago para esforzarme sino, al contrario, para descansar del esfuerzo intelectual. "Juego" al ajedrez en el sentido más acabado de la palabra, mientras los demás, los auténticos jugadores, "serian" al ajedrez, para introducir una nueva palabra atrevida en el idioma alemán que Hitler me ha vedado.

Pues bien, el ajedrez, lo mismo que el amor, requiere indefectiblemente un compañero, y en aquel instante aún no sabía si, además de nosotros, había otros aficionados a bordo. Para sacarlos con halagos de sus cuevas, armé una trampa primitiva en el salón de fumar, sentándome con mi esposa, a modo de reclamo, frente a un tablero, a pesar de que ella es menos experta aún que yo en ese juego. Y, en efecto, no habíamos realizado todavía seis jugadas, cuando ya alguien se detuvo al pasar y otro más pidió permiso para vernos jugar; por último apareció también el deseado compañero que me propuso una partida. Llamábase McConnor y era un ingeniero de minas escocés que, según me enteré, había ganado una gran fortuna perforando el suelo de California en busca de petróleo. Físicamente era un hombre fornido, con recias mandíbulas casi cuadradas y duras, dientes fuertes y una tez sanguínea, cuyo pronunciado tono rojizo se debía, seguramente, cuando menos en parte, a abundantes libaciones de whisky. Por desgracia manifestábase también, durante el juego, que los hombros excepcionalmente anchos correspondían a un ímpetu casi atlético que formaba parte del carácter del tal míster McConnor, un individuo de esa clase de triunfadores seguros de sí mismos, que consideran hasta la derrota en el juego más baladí como una afrenta a su propio concepto personal. Acostumbrado a imponerse sin contemplaciones en la vida, mimado por éxitos reales, ese macizo self made-man estaba inconmoviblemente persuadido de su superioridad, a tal punto que cualquier resistencia le excitaba como una sublevación inconveniente, casi como una ofensa. Cuando perdió la primera partida, volvióse gruñón y comenzó a declarar circunstanciada y dictatorialmente que ella sólo podía ser consecuencia de un descuido momentáneo. Al sufrir el tercer revés, culpó al ruido que llegaba desde el salón vecino; y no perdió una sola partida sin exigir inmediatamente el desquite. Al comienzo me divirtió ese encarnizamiento ambicioso, pero luego ya sólo lo acepté como inevitable fenómeno secundario, al que hube de conformarme en aras de mi verdadero propósito: el de atraer a nuestra mesa al campeón mundial.



Al tercer día lo logré, o, cuando menos, lo logré a medias. Ya sea que Czentovic nos había observado a través del ojo de buey, desde la cubierta de paseo, ya sea que honraba por mera casualidad al salón de fumar con su presencia, lo cierto es que en cuanto vio a unos legos entregados a su arte, se acercó instintivamente un paso y guardando la debida distancia echó una mirada escrutadora sobre nuestro tablero. En ese momento le tocaba a McConnor mover una pieza. Ese solo movimiento pareció suficiente para demostrar a Czentovic que nuestros esfuerzos de aficionados no eran dignos de la ulterior atención de un maestro. Con la misma naturalidad con que nosotros apartamos, en una librería, una mala novela policíaca que se nos ofrezca, sin siquiera empezar a hojearla, se alejó de nuestra mesa y abandonó el salón de fumar.

"Nos probó y nos encontró demasiado insignificantes", pensé, un tanto disgustado por esa mirada fría, despectiva, y para abrir, como quien dice, una válvula de escape a mi mal humor, dije a McConnor:

—Su jugada no parece haber entusiasmado mayormente al maestro.

—¿A qué maestro?

Le expliqué que el caballero que acababa de pasar a nuestro lado y que había observado nuestro juego con mirada de desaprobación, era Czentovic, el campeón mundial de ajedrez. Agregué que ambos sobreviviríamos a su ilustre desprecio y nos conformaríamos sin sentirnos heridos en el alma, ya que, al fin y al cabo, "los pobres deben cocinar con agua". Pero ante mi sorpresa, esa comunicación hecha al desgaire, produjo en McConnor un efecto absolutamente inesperado. Se excitó en seguida, se olvidó de nuestro juego, y su amor propio empezó, como quien dice, a latir de una manera audible. No había tenido la menor idea de que Czentovic se hallase a bordo, y en cuanto lo supo, afirmó que el campeón debía jugar con él, costase lo que costase. En su vida había jugado contra un campeón mundial, exceptuando un caso en que junto con otros cuarenta contrincantes intervino en una sesión de partidas simultáneas. Ya eso había sido, según él, terriblemente excitante y poco faltó en aquella oportunidad para que ganara. Me preguntó si conocía personalmente al campeón. Y como le contestara negativamente, me rogó que le abordase e invitase a nuestra mesa. Me negué, aduciendo que, según tenía entendido, Czentovic no era accesible a nuevas relaciones. Además, ¿qué atractivo podía tener para un campeón mundial el enfrentarse con jugadores de tercer orden como lo éramos nosotros?

Continuará...
Lunes, 27 de Junio de 2005 14:57 #. Tema: Libros.

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