UNA PARTIDA DE AJEDREZ ( II )

GerisGame.jpgAhora bien, en una pequeña ciudad de provincia yugoslava rarísimas veces ocurren sucesos emocionantes, por cuya causa aquella primera aparición de ese campeón labriego se convirtió para los notables reunidos en un suceso cabal. Se decidió por unanimidad que el niño prodigio quedase, a todo trance, en la ciudad, por lo menos hasta el día siguiente, a fin de que se pudiera congregar a los demás integrantes del círculo de ajedrez, y, sobre todo, informar en su castillo al anciano conde Simiczic, un ajedrecista fanático. El cura, que miraba a su pupilo con un orgullo muy flamante, no quiso, sin embargo, descuidar su obligado oficio dominical, a pesar de la alegría de descubridor que le embargaba, y se declaró dispuesto a dejar a Mirko para que fuese sometido a una nueva prueba. El joven Czentovic fue alojado por cuenta del círculo de ajedrez en el hotel de la villa, donde aquella noche vio por primera vez en su vida un cuarto de baño. A la tarde del domingo siguiente, el salón del café estaba repleto de gente. Mirko, sentado durante cuatro horas, inmóvil, frente al tablero de ajedrez, venció uno tras otro a los jugadores, sin decir una sola palabra y sin levantar siquiera una vez la cabeza. Por último, alguien propuso que se jugasen unas partidas simultáneas. Se necesitaba un largo rato para hacer comprender al ignorante que en una sesión de simultáneas él solo debía jugar a un mismo tiempo contra varios adversarios. Pero en cuanto Mirko se dio cuenta de lo que se trataba, se adaptó inmediatamente a la tarea, y pasando lentamente con sus pesadas botas, de una mesa a la otra, terminó ganando siete de las ocho partidas.

Acto seguido se originaron grandes deliberaciones. Aun cuando, en un sentido más estricto, el nuevo campeón no era hijo de la ciudad, el orgullo local se había inflamado. Acaso la pequeña ciudad, de cuya existencia difícilmente se había tomado nota hasta ese entonces, estaba en vísperas de alcanzar el honor de que uno de sus hijos recorriese el mundo hecho un hombre famoso. Un agente apellidado Koller, el mismo que de ordinario se limitaba a contratar cancionistas para el cabaret de la guarnición local, se declaró dispuesto —con la sola condición de que se sufragasen los gastos de pensión por espacio de un año— a cuidar de que el mozo fuese perfeccionado profesionalmente en el arte del ajedrez por un excelente maestro de su conocimiento, radicado en Viena. El conde Simiczic, que en sesenta años de cotidianas partidas de ajedrez jamás se había enfrentado con un contrincante tan extraordinario, se comprometió en el acto a pagar la suma necesaria. Ese día se inició, pues, la asombrosa carrera del hijo del remero.

Al cabo de medio año, Mirko dominaba todos los secretos de la técnica ajedrecística, pero, a decir verdad, con una extraña particularidad, que más tarde fue objeto de atenta observación y numerosas bromas por parte de los entendidos en la materia. Ha de saberse que Czentovic nunca logró jugar una sola partida de memoria, o, por emplear el término técnico, a ciegas. Carecía en absoluto de la facultad de proyectar el tablero de ajedrez sobre el campo ilimitado de la fantasía. Necesitaba tener a la vista siempre el tablero, palpablemente, con sus sesenta y cuatro escaques blancos y negros y las treinta y dos piezas; aun en la época de su fama mundial llevaba constantemente consigo un pequeño tablero plegable, de bolsillo, para reproducir ante sus ojos las distintas posiciones, cuando se trataba de reconstruir para él una partida de campeón y de resolver algún problema. Ese defecto, insignificante de por sí, revelaba una ausencia de fuerza imaginativa que se discutía en los círculos respectivos con el mismo apasionamiento que los músicos revelarían, por supuesto, en el caso de un virtuoso o director de orquesta sobresaliente, que fuese incapaz de interpretar o dirigir una obra sin tener la partitura correspondiente a la vista. Mas aquella rara peculiaridad de Mirko no retardó en absoluto su estupenda carrera. A los diecisiete años ya había ganado una docena de premios de ajedrez; a los dieciocho, el campeonato húngaro, y a los veinte, por fin, el campeonato mundial. Los campeones más atrevidos, cada uno de los cuales le superaba infinitamente en dotes intelectuales, en fantasía y audacia, sucumbían a su lógica fría y tenaz, igual que Napoleón al pesado Kutuzow, o Aníbal a Fabio Cunctator, quien, al decir de Livio, también había demostrado en su juventud esos rasgos llamativos de pachorra e imbecilidad. Fue así como se introdujo en la ilustre galería de los campeones de ajedrez —que reúne en sus filas los más distintos tipos de superioridad intelectual: filósofos, matemáticos, naturalezas calculadoras, imaginativas y a menudo creadoras— el primer personaje absolutamente ajeno al mundo espiritual, un mozo aldeano, pesado, silencioso, a quien ni aun el periodista más avezado lograba arrancar una sola palabra que hubiera podido dar pábulo a la publicidad. Es verdad que los dichos agudos que la cortedad de espíritu de Czentovic escatimó, pronto quedaron sustituidos con creces por anécdotas relativas a su persona. Porque en el instante en que Mirko se levantaba de la mesa de ajedrez, donde era maestro sin igual, se transformaba irremisiblemente en una figura grotesca, poco menos que cómica; pese a su solemne traje negro, su pomposa corbata y el alfiler con una perla algo llamativa y sus uñas trabajosamente lustradas, seguía siendo por sus modales el mismo torpe campesino que en la aldea había fregado la habitación del cura. Su modo desmañado y casi desvergonzado de convertir su talento y su fama en dinero, satisfaciendo una codicia mezquina y hasta ordinaria a veces, ora divertía, ora indignaba a sus colegas. Viajaba de ciudad en ciudad, hospedándose siempre en los hoteles más económicos; jugaba en los clubs más míseros, con tal que se le pagasen sus honorarios; se dejaba retratar para servir de propaganda a una marca de jabón, y, sin importarle la burla de sus competidores, quienes sabían exactamente que no era capaz de escribir tres frases en forma correcta, incluso vendió su nombre para una "Filosofía del ajedrez" que en realidad había escrito un insignificante estudiante galitziano para un editor poco escrupuloso. Como todas las naturalezas tenaces, carecía en absoluto del sentido del ridículo; desde que había logrado el triunfo en el torneo mundial, se consideraba el personaje más importante de la tierra, y la noción de haber vencido con sus propias armas a todos aquellos que hablaban y escribían tan brillante y espiritualmente, así como, sobre todo, el hecho palpable de ganar más que ellos, transformó su primitiva inseguridad en una arrogancia fría y, por lo general, torpemente manifiesta.

Continuará...
Viernes, 24 de Junio de 2005 22:36 #. Tema: Libros.

Comentarios » Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario




No será mostrado.






Suscrí
bete a este blog. RSS 2.0 Este Blog ha sido creado con Blogia. Ver derechos de autor . Estadísticas. Admin. [Blogia colabora con 1001 relatos.]